Biblumliteraria


Garano, el viajero del mar

Un dilema


Llevaba ya más de cuatro meses navegando con Garano cuando la silueta de una patrullera, con casco de acero brillante y una ametralladora en proa, apareció al nordeste. Una columna espesa de humo indicaba que se acercaba a buena máquina directamente hacia nosotros. Siguiendo la inflexible ordenanza naval, un marinero nos enviaba señales luminosas aun a sabiendas de que ninguno de nosotros podía entenderlas. El barco sólo aminoró la marcha cuando estaba ya muy cerca, de modo que las olas que provocaron sus hélices podrían habernos hecho volcar si las batangas no hubieran atemperado el movimiento. Reconocí a Paot apoyado en la amura de estribor. Estaba serio y yo sabía el porqué. Nos lanzaron un cabo que utilizamos para abarloar las dos embarcaciones.

      - Estamos muy inquietos – Paot hablaba casi gritando desde lo alto de la borda- , nosotros y su compañía. El tiempo apremia, señor Mitchell y nuestra paciencia tiene un límite. Estamos hablando de dinero y el dinero es impaciente. Usted, mejor que nadie, debería de saberlo.

      - Estoy trabajando, se lo aseguro – le contesté sin mucha convicción, algo que un hombre de su experiencia detectó enseguida.

      - Le traigo una carta de sus directores. Léala detenidamente y actúe, Mitchell. Yo no sé escribir, se me dan mal las explicaciones. Lo mío, ya lo sabe, es la acción y si no fuese por la política le explicaría cómo resolver este asunto – miró descaradamente hacia la ametralladora.

      - Pero su gobierno y mi empresa piensan de otro modo- contesté secamente, desafiándole con la mirada.

      - Sea rápido- dijo, y con un gesto hizo que la patrullera arrancase sus turbinas.

Nuevamente, la fuerza de aquellos motores zarandearon nuestra barca hasta que la quietud del mar volvió a acunarnos. Miré a Garano que me observaba atento.

      - ¿Problema? – preguntó con ingenuidad.

      - Nada, nada, gestiones con mi pasaporte – repliqué.

Me senté a proa y dejé pasar un tiempo prudencial hasta que mi amigo volvió a centrarse en la pesca. Entonces, abrí la carta que me había entregado Paot. La misiva provenía de mi compañía y me llamaba a cumplir mi misión empresarial, recordándome que estaba allá a gastos pagados para trabajar y no para disfrutar de unas vacaciones, aunque la realidad era que no había gastado ni una sola libra. Me decían que el gobierno filipino podía contactar con otras empresas y que perder aquel negocio sería muy perjudicial para nuestros intereses. Herschell se estaba impacientando y yo me estaba dejando llevar por la magia infantil de lo bucólico. Me dije a mí mismo que todo era un espejismo, que Puba y Noki debían ir a la escuela, tener un futuro, que podíamos traer desarrollo y divisas a las islas, que el progreso debía ser imparable. Traté de convencerme de que mi misión era realmente salvadora porque de no tener éxito dejaría vía libre a individuos como Paot.

La tensión acumulada por el dilema que me había atenazado aquellas semanas me abrumaba. Ser fiel a Garano, a su familia y a su pueblo o conservar mi empleo. En realidad, a estas alturas, ya sabía que el dilema lo tenía conmigo mismo. Ser fiel a Garano era ser fiel a mí propio ser.

Conocer el mundo de Garano, hizo que dudara del mío propio.

El resort


Todo había comenzado casi un año atrás, cuando el director Herschell me había llamado a su despacho. Yo, que llevaba poco tiempo en la compañía, me sorprendí cuando me convocaron pero a mi edad uno está lleno de ilusiones y desdeña las dudas y los temores con mucha facilidad. Así que cuando aquel hombre me explicó el proyecto, me mostró los planos y me indicó qué se esperaba de mí, tuve total certeza de que aquel trabajo estaba hecho a mi medida, que lo ejecutaría a la perfección y que sería ascendido en cuanto regresara a Londres. Además, uno no tiene todos los días la oportunidad de viajar gratis al mar de Joló o las islas Célebes por lo que la propuesta me había parecido un sueño hecho realidad. Por otro lado, no se me antojó un objetivo complicado. Yo podía conseguirlo. Mi empresa, una multinacional del sector del entretenimiento, había obtenido un jugoso contrato con el gobierno de las Filipinas para construir un gran parque de atracciones y un resort de lujo en alguna de las islas del archipiélago que se extiende entre Mindanao y Borneo. Ya habían localizado un par de buenos parajes, de aguas turquesas, clima benigno y cielo cobalto, que harían las delicias de los clientes adinerados. Había, no obstante, un pequeño contratiempo. Unos indígenas extraños, una especie de gitanos navegantes, los bajau, que vivían siempre en barcas, se negaban a marchar de aquellos lugares y el gobierno filipino no deseaba problemas ni que se le acusara de atacar a las minorías. Cierto que bastaban dos patrulleras y un par de cañonazos para que huyesen pero en aquella primavera de 1969 había otros asuntos de más calado que atender, como el incipiente movimiento secesionista armado de Mindanao o los disturbios de las minorías religiosas en Manila, sin olvidar la cercanía a la guerra en Vietnam, de modo que los políticos no deseaban abrir un frente casi ridículo que los periodistas aprovecharían para denunciar al régimen. Así que mi trabajo era convencer a aquellos incómodos habitantes acuáticos para que se trasladaran a otra zona. Mi empresa estaba dispuesta a ser generosa y construiría casas a unas cuantas millas de la costa, en una zona que no enturbiara la placidez de las vacaciones, abriría una escuela, añadiría electricidad y agua potable e incluso trazaría una carretera hasta la ciudad más cercana. Una oferta así no cabía rechazarse y esperaba que todo me resultara sencillo.


Foto: James Morgan, http://www.jamesmorgan.co.uk/photo/bajau-laut-sea-nomads/







El archipiélago de Sulu está formado por un rosario de islas entre Borneo y Mindanao.

Maotán


La primera vez que llegué a la isla de Maotán me encandiló su luz apoteósica, el viento suave que acariciaba mi piel, unas aguas cristalinas y el relucir de unas playas que parecían estar hechas de harina blanca en vez de arena. Me estaba esperando un tal Paot, un funcionario militar entrado en kilos, orejudo y de cabello rizado que me selló el pasaporte y me indicó que habían hallado una persona de entre aquellos indígenas que hablaba un inglés suficiente como para permitirme hacer las gestiones.

      - Se llama Garano- me dijo-, de lo más espabilado que hay por aquí aunque le aconsejo que no tenga grandes expectativas. Ya sabe, son bajaus, gitanos de mar, nómadas que vagan en sus barquichuelas entre las islas. Tipos raros e iletrados.

      - Me las arreglaré. Las condiciones que mi empresa desea ofrecer son inmejorables- contesté mientras me colocaba el sombrero Panamá que me había comprado antes de salir de Inglaterra.

      - Ya veremos, ya veremos- contestó el hombre moviendo la cabeza de un lado a otro-. A mí la política me aburre, ¿sabe usted? No tengo paciencia para estas pequeñeces. Algún día habrá que meterles en cintura, que paguen impuestos, llevar a sus hijos a la escuela, censarlos, que no se entrometan en los planes que tenemos de instalar plataformas de gas. Ya veremos, Ya veremos. Pero, ahora, ya conoce nuestra política. Discreción y paciencia, esto no debe salir a los periódicos si no es para que alaben el trato que damos a las minorías. Ya sabe, toda esa palabrería del proyecto nacional compartido e ilusionante. Cosas de los políticos que estoy obligado a obedecer.

Antes de que pudiera responder, la silueta alargada de una barca apareció tras el peñasco del oeste, una especie de canoa de mayor tamaño al habitual con batangas a cada lado para estabilizarla y un cobertizo de esteras cubriendo la embarcación desde su mitad hacia la popa. En proa, en un equilibrio que parecía imposible, un hombre remaba con un largo remo al estilo de los gondoleros que yo había visto en mi viaje a Venecia, sólo que ciando.

      - Suba- me dijo el funcionario- y vaya con él. Me temo que no tendrá mucho sitio. Estos bajau viven con su familia al completo en estos barquitos. Cuando haya acabado su labor, le traerán de vuelta. Buena suerte. El hombre desapareció en su coche y yo me quedé frente a frente con una persona que me miraba sonriente, de tez morena, ojos vivarachos, pelo muy negro y rasgos que en poco se diferenciaban de los malayos o filipinos que hasta entonces me había encontrado. Le calculé unos cuarenta años o quizá algo más. Un tanto desconcertado, extendí mi mano al tiempo que decía:

      - Buenos días, mi nombre es Mitchell, Roy Mitchell.

      - Tú, Roy- contestó, apretando su mano en la mía- yo, Garano. Inglés no ser bueno pero entendernos seguro.

      - Por supuesto- sonreí.

Hizo un gesto con su mano y me dio la espalda, caminando hacia su embarcación que se mecía tranquila a unos diez metros de la arena. Le seguí, me quité los zapatos, alcé mi maleta sobre el hombro y me metí en el agua tras él. Para cuando alcancé la barca, mis pantalones estaban húmedos hasta más arriba de las rodillas y Garano me miraba con gesto de incredulidad.

      - Pantalones, no. Aquí, no. Subir en lepa-lepa.

“El lepa-lepa de Garano era un auténtico hogar. Sí, estrecho, húmedo y humilde, ... pero, a los ojos de cualquiera, era su hogar.”

Su idioma



Era la primera palabra que aprendía de su idioma. Subí como pude al lepa, a la barcaza, consciente de mi poca habilidad deportiva, y suerte tuve de que la maleta no acabara en el fondo de la bahía. Garano, sin embargo, saltó adentro tan ágil como un delfín al tiempo que gesticulaba y gritaba una frase en su idioma. Mi sorpresa fue grande cuando, de debajo de la carpa, salió una mujer y dos chiquillos que me miraban con curiosidad. Ella era bastante más joven que Garano, muy hermosa, ojos oscuros, piel avellana y melena larga que le caía por debajo de los hombros. Vestía un sari con motivos azules y se adornaba con un collar de conchas muy delicado. Los niños de facciones hermosas, bien proporcionados y alimentados, apenas llevaban un bañador de lino.

      - Esta, mujer mía, Amara- dijo Garano- y ellos Puba y Noki, hijos. Ahora, comer.

Me percaté entonces de que mi estómago estaba hambriento y que un olorcillo agradable provenía de dentro de la choza flotante. Mientras Garano alejaba la barca de la costa, Amara entró y regresó al poco con unos platillos rellenos de arroz con pescado asado adornado con lo que yo pensé que eran acelgas pero que, en realidad, eran algas y pétalos de coco. Soy bastante tiquismiquis con la comida pero aquel almuerzo me pareció delicioso. Los cuatro no pararon de hablar y yo mantuve un educado silencio porque no entendía nada. De tanto en cuanto, Garano me soltaba alguna palabra en inglés, normalmente para que comiera más, para mostrarme algún cormorán que surcaba el cielo o para que me fijase en la sombra de un cardumen bajo las aguas. Entonces, dudé de si mi tarea iba a ser tan sencilla como había pensado en un principio. Viéndoles charlar de sus cosas, rodeados por el mar, en un paisaje de acuarela que cualquiera envidiaría, con comida abundante y una evidente felicidad en sus rostros, comencé a preguntarme si yo tendría algo que aquellos seres pudieran desear. Dejaría pasar un tiempo prudencial. La persuasión debe ser paciente, las prisas siempre son malas consejeras. Abordaría el asunto una vez que me hubiera ganado su confianza.

Garano


Durante las dos semanas siguientes quedé prendado de aquella familia, al punto de que casi me olvidé de cuál era mi misión. Me fascinaba la vida en el mar y, a pesar de las estrecheces del lepa-lepa, la existencia resultaba plácida y feliz. Cada mañana nos despertaba el amanecer, llamado por un sol que poco a poco iba disipando las tinieblas hasta que abríamos los ojos de una manera tan natural que no había transición entre el dormir y el despertar. Desayunábamos leche que Garano canjeaba cada semana por pescado en los puertos cercanos y una especie de bollos salados y esponjosos que Amara preparaba antes de acostarse. Me maravillaba la ingeniería que Garano poseía sin saberlo. El fuego lo alumbraban siempre a popa, encerrado en unos cuencos de barro tan hábilmente colocados que las llamas y su humo jamás tocaban las esteras que componían la tienda. Más hacia proa, los camastros – yo dormía fuera, a proa, pues no era de la familia- que parecían mullidos, una especie de colchones rellenos de algas secas. Casi en el centro del lepa, la zona dedicada a comer, a conversar o a meditar. Cualquier pequeño desperfecto del casco era reparado con prontitud, los moluscos adheridos limpiados raudamente, las pequeñas grietas calafeteadas al instante.

Aunque en varias ocasiones quise abordar el negocio que me traía entre manos, siempre había algún hecho que me hacía desistir. Garano era un hombre ocupado. Sólo tres o cuatro días después de haberle conocido ya fui consciente de lo excepcional que era.

      - Ven, ahora pescar- dijo mientras tomaba una vara de bambú con una lazada en su extremo, se ponía serio, extrañamente serio, cerraba sus ojos y aspiraba aire. Al instante, sin que yo estuviese prevenido, saltó a la mar y se sumergió en ella.

Intenté verle pues las aguas eran claras pero Garano debía haber bajado considerablemente ya que no pude discernir ni la más mínima sombra sobre el difuso lecho del coral, algo que no me preocupó porque estaba acostumbrado a ver buceadores sumergirse en las costas galesas todos los veranos. Mi inquietud comenzó a aumentar cuando pasaron tres minutos y Garano no subía a la superficie. Estaba convencido de que le había ocurrido una desgracia, quizá la falta de aire, una embolia o, peor aún, el ataque de una barracuda o un tiburón. Me agaché sobre la borda e introduje mi cabeza en el agua intentando verle pero fue inútil. Completamente mojado, llamé la atención de Amara haciendo gestos e intentando hacerle comprender que su esposo permanecía debajo del mar más que lo que cualquier hombre puede aguantar sin respirar. Sin embargo, ella me sonreía y ajena a mi agitación continuaba preparando la comida. Opté, entonces por gritar, y sumergí mi rostro dos o tres veces más en el océano sin ver nada. Debían haber pasado ya más de cuatro minutos y comenzaba a dar por muerto a Garano. Agité mis brazos frente a Amara y la zarandeé intentando que me dijera qué hacer, a quién llamar, pero ante su pasividad y sorpresa por mi comportamiento hice lo único que podía hacer. Me lancé al agua y buceé buscando al hombre, consciente de que era como intentar hallar una aguja en un pajar. Durante casi un minuto, lo que mis pulmones me permitían, nadé dando vueltas alrededor del lepa sin ver rastro alguno de él. Por fin, asfixiado por la falta de oxígeno, pateé con fuerza y subí a la superficie. Abrí la boca con ansia de aire, seguro de que había sido testigo de un terrible accidente cuando, de pronto, Garano asomó a mi lado con dos langostas en sus manos. Estaba sonriente y me miraba con cierto aire de sorpresa al ver mi rostro desencajado.

      - Comida hoy- dijo mientras nadaba tranquilamente hacia la barcaza- ¿Gustar langosta?

Cinco minutos sin respirar.



Más tarde, cuando nos comíamos el marisco y el sol brillaba en lo alto, él no paró de reírse. Le había contado de mi sofoco, de mi angustia al pensar que se había ahogado porque ningún hombre puede aguantar más de un par de minutos bajo las aguas.

      - Aquí, sí- contestó ufano- Aquí respirar mucho, estar cinco minutos dentro pescando. Niños pueden dos minutos.

Le vi hacer aquellas inmersiones muchas jornadas más y comprendí su técnica, tan ancestral como indocumentada. Cada vez que Garano se disponía a pescar, se concentraba profundamente, reducía sus pulsaciones y los latidos de su corazón- una vez me dejó palpar su muñeca y observé que sus latidos sólo vibraban una veintena de veces por minuto- se encomendaba al espíritu del océano y se zambullía, seguro de sí mismo. Luego, caminaba por el fondo tomando justo lo que precisaba para comer en una simbiosis con el mar que me parecía envidiable. Nunca observé que fuera atacado por ningún escualo. Garano desconocía los peligros de la descompresión rápida pero por un instinto ancestral descendía y ascendía a la velocidad justa. No había hecho un curso de patrón de barco pero navegaba entre las islas con la precisión del más avezado capitán. Nunca oyó hablar de derrota ni de sextantes pero trazaba el rumbo bajo las estrellas con absoluta certeza esquinando temporales y presintiendo corrientes. Su lepa era vulnerable y frágil pero resistía como un gran navío los embates del oleaje.

Yo, mientras, estaba descubriendo un mundo que me hechizaba. Aprendí a bucear aunque para mí dos minutos es una proeza que aún no he alcanzado, supe discernir las especies de pescado, los peces payasos, la caballa, los sábalos y los pargos, el atún y el wahoo. Fui capaz de manejar el lepa-lepa sin que encallara en los arrecifes, conocer si las nubes del horizonte traerían tormenta y encender el fuego en la cocina de la barca sin quemarla por completo. Estaba embrujado por un mundo nuevo y por la vida sencilla pero plena de la familia de Garano.







Por alguna razón, pescar, navegar, ser capaz de ver el cielo, fijar durante horas la mirada en el horizonte, eran descubrimientos que me maravillaban.

La reunión



Tras la intempestiva visita de Paot y sus nada veladas amenazas supe que no podía dilatar más la cuestión. Como no podía ser de otra manera, me inquietaban mi futuro y mi empleo, quién sabe si incluso podrían llevarme a la cárcel. Pero, también, me preocupaban los bajau. Quizá no les gustara vivir en tierra pero siempre era mucho mejor hacerlo en un buen poblado construido para ellos que ser deportados a cualquier rincón por la fuerza.

No tenía claro cómo abordar el asunto, de modo que decidí hacerlo lo más francamente posible y sin rodeos. Era sencillo, los bajau dejaban de navegar por aquellas aguas para no asustar a los turistas y dejar sitio al parque marítimo que planeábamos y, a cambio, les construíamos un poblado moderno y cómodo en la isla que eligieran y que el gobierno aceptara. Dediqué todo un día a establecer un léxico sencillo que Garano pudiera comprender y a definir los argumentos para resultar convincente a pesar de que mi corazón imaginaba la respuesta de antemano.

Aproveché un atardecer, cuando los niños jugaban nadando alrededor del lepa y nosotros estábamos sentados con las piernas colgando sobre el mar mirando el sol que bajaba a dormir en el horizonte. Se lo expliqué pausadamente, sin mirarle porque no me atrevía a hacerlo, ya que tenía una vaga sensación de traición.

Él se quedó pensativo mucho rato hasta que el cielo quedó a oscuras y sólo el candil de cera que colgaba a proa alumbraba el rielar del mar. Amara y los niños debieron intuir que se trataba de algo importante porque permanecieron callados dentro de las lonas. No hablábamos, sólo escuchábamos el golpeteo rítmico de las batangas contra las olas. Por fin, dijo:

      - Hay que hacer reunión. Entiendo qué tú querer y yo decir a mi pueblo. Ellos decir qué es bueno o malo.

Se levantó y se metió dentro sin sonreír. Era la primera vez que le veía acostarse con una sombra de duda o de temor en su cara. Fue la primera noche que no escuché ruidos de amor dentro.

Fui consciente de que mi propuesta arruinaba su vida.
Fui consciente de que me aborrecía a mí mismo.



No me atreví a volver a sacar el asunto hasta que, quizá tres semanas después, él se me acercó tras una jornada de pesca. Aparentemente, tras aquella noche en que le comuniqué los planes de mi empresa, todo había vuelto a la normalidad. Las jornadas discurrían tranquilas y Garano navegaba de isla a isla acercándose cada vez más a Borneo, sin perder siquiera una milla de trayectoria. Pero aquel día me ofreció un vaso con leche de coco y colocó un plato con marisco frito en salsa de tamarindo frente a nosotros al tiempo que me decía:

      - Reunión mañana en Balahí- me dijo con un tono neutro que no denotaba emociones- Estar quizá doscientos de nosotros. Suficientes para decidir.

Cómo Garano avisó a sus compatriotas es algo que, a fecha de hoy, desconozco. No le vi bajar nunca del lepa en todas aquellas semanas ni tenía ningún medio de comunicación aparente. En ocasiones, pensé que utilizarían contenedores flotantes con alguna señal o quizá dejaban signos entre los corales del fondo. Sea como fuese, la reunión estaba preparada y mi amigo, porque para entonces yo ya le consideraba un íntimo amigo, puso rumbo a Balahí, una pequeña isla que yo no supe ubicar en las cartas marinas que llevaba conmigo.

La entrada en la rada la recordaré siempre. Cientos de lepa-lepa se amontonaban los unos contra los otros. La mayoría de las naves iban engalanadas con cintas de colores y variopintos banderines que los bajau debían guardar en sus barcas para celebrar los acontecimientos principales de su etnia. Ya desde por la mañana, las mujeres se congregaron en grupos para cantar canciones que eran de tonalidad triste y melodía agradable. Un tumulto de niños nadaba y jugaba alrededor de los botes, saltando desde ellos y persiguiéndose aquí y allá. Los hombres, con paciencia, iban juntando lepas, atándolos con tiras de cáñamo hasta conseguir formar una gran plataforma central sobre la que se celebraría la reunión.

La comida fue opípara. Zumos de coco y papaya, grandes bandejas de nasi padang con salsa santan y anchoas cocinadas con cebolla; pasta de gambas; langostas de un tamaño enorme; tahu goreng frito con alubias y salsa picante de cacahuetes; ensaladas gado gado y gambas asadas. Los postres incluyeron guayabas, pomelos, mangos y buah susu. Luego, hubo música y cantaron canciones que alternaban la euforia con la nostalgia. Por fin, cuando el sol ya descendía, se hizo el silencio. En el centro de la plataforma quedaron seis ancianos mientras que el resto se congregó en un círculo amplio a su alrededor.

      - Yo explicar- me dijo Garano- y caminó hacia el centro.

Su tono fue sereno, sin una palabra más alta que otra. Aunque no entendí nada de lo que dijo tuve la absoluta certeza de que transmitía mi propuesta con la máxima fidelidad. Al terminar, se retiró junto a mí y un profundo silencio se adueñó del mar.

Yo esperaba seguro de que me darían una respuesta, positiva o negativa, de modo que quedé muy sorprendido cuando a la caída de la tarde los hombres comenzaron a soltar los lepa y cada barco se alejó lentamente en diferente dirección.

      - Necesario esperar- musitó Garano al comenzar a remar- Bajau necesitar siempre tiempo y consejo de espíritu del mar.

Callé. Primero porque esperar era lo único que podía hacer. Segundo, porque en el fondo de mi alma deseaba que jamás me contestaran. A pesar de Herschell, de las patrulleras, del condenado progreso civilizador al que yo representaba, lo cierto es que quería permanecer allá, navegando y libre.

Aquella propuesta no sólo traicionaba la amistad de Garano sino mi propio concepto de la ética.

Pescando desde el cielo



      - Ven, hoy pescar desde el cielo- me gritó Garano, una mañana ventosa en el que el aire había disipado todas las nubes y el cielo resplandecía maravillosamente.

Puba y Noki estaban felices. Se notaba que lo que yo iba a presenciar era una actividad especial para ellos, un regalo que sólo podían tener pocas veces, cuando el viento fuerte del norte soplaba por el estrecho y el océano se llenaba de nubecitas blancas efervescentes. Amara sonreía feliz. Observé que, prudente, apagó el fuego y dispuso un almuerzo frío para aquel día.

Garano extrajo de una funda larga que estaba escondida a babor un cilindro de tela que comenzó a desenrollar con cuidado. Los niños le miraban encantados y gritaban exclamaciones de admiración.

Tardé en darme cuenta de qué era aquello. Se trataba de una cometa, un rombo grande y rojo del que colgaba una cola repleta de lazos de tela. El cordel estaba perfectamente enrollado y, a juzgar por el tacto con que mi amigo manipulaba la cometa, se diría que para él y para los suyos aquello era un tesoro de valor incalculable. Aquel hombre que no se había inmutado por tener casa o electricidad o escuela o vestidos, mostraba ahora la más feliz de las expresiones preparando su cometa.

Unos minutos después, con un gesto calculado y aprendido Dios sabe cuándo, la lanzó al aire y enseguida tomó altura impulsada por la ventolera. De su centro colgaba un hilo y de este un anzuelo de buen tamaño. Cómo Garano había equilibrado los pesos de manera tan perfecta me resulta imposible de comprender pero el caso es que el anzuelo viajaba justo por debajo de las aguas balanceándose al vaivén de la cometa. Noki no dejaba de mirar cómo aquel artefacto volaba como los pájaros o las nubes. Puba, por el contrario, permanecía atento al mar, a cómo el cordel se sumergía en el agua. Dio un grito cuando este se sumergió y la cometa, muy arriba, casi cae en picado.

      - Ya tener comida- me sonrió Garano.

Un gran pez atraído por el movimiento natural del anzuelo había mordido el cebo. Garano fue recogiendo poco a poco el hilo de la cometa, con paciencia, con sabiduría, hasta que todo el cordel estuvo enrollado correctamente y la cometa en sus manos. Entonces, y solo entonces, tiró del sedal y recogió el pez que aún se debatía pleno de fuerzas.

Fue una celebración, una noche de fiesta y alegría. Vi felices a Amara y a Garano, y tuve envidia de ellos y tristeza de mi cuando, más tarde, mientras yo miraba desvelado una miríada de estrella, escuché sus arrullos de ternura.





La cometa era para Garano un bien de gran valor. No sólo le permitía pescar sino
que usarla era motivo de fiesta para sus hijos.

A tierra se va a morir



La respuesta de los bajau se hacía esperar. Varias tardes le pregunté si había noticias, si los ancianos habían ya decidido trasladarse al poblado que les construiríamos. Él negaba con la cabeza y me decía que fuera paciente. Yo lo era, pero dudaba que mi empresa lo fuese o que no acabara por aparecer otra vez un cañonero militar para demostrar quién mandaba en realidad. Me aterrorizaba la reacción de Paot si el gobierno le daba facultades para manejar el asunto.

Yo estaba hecho un manojo de dudas. Recordaba, sí, mi trabajo y lo que se me había encomendado, sabía que en cualquier momento otro barco de la armada se acercaría requiriendo repuestas, pero mi razón y mi alma me decían que todo aquello era horrible, que era una maldad infinita desalojar a los bajau de unas costas que les habían pertenecido durante siglos. No era humano ni lícito aniquilar la vida de los gitanos del mar para satisfacer las ansias de bronceado de compatriotas aburridos y acaudalados. Por las noches, me despertaba pensando en que yo era un eslabón de la cadena que los oprimiría, un flagelo del látigo que estaba a punto de arrancar sus esperanzas, un malnacido que sólo miraba por el dinero. Decidí que intentaría hablar con Herschell, convencerle de que debíamos cambiar nuestros planes. Si Garano no me respondía afirmativamente regresaría a Londres y solicitaría una reunión con el Consejo. Pero aquel último intento nunca se produjo.

Serían las cuatro de la tarde cuando vi aparecer en el horizonte un gran grupo de lepa-lepa, navegando en fila, como en un cortejo. No llevaban banderolas como el día de la reunión y se escuchaba un rumor sordo que luego supe era el sonido de unas grandes tubas de bambú sopladas al unísono. Garano no me dijo nada pero observé cómo alineaba su rumbo con el de los demás y se dirigía hacia una de las grandes playas de una isla que me dijeron que llamaban Ambatán.

      - Morir anciano, padre de todos- me dijo por fin-. Ahora despedir en playa.

Mientras las llamas mataban la muerte, yo ya sabía qué decisión tomar.



La ceremonia fue nocturna, emotiva, a la luz de teas esparcidas por toda la arena, bajo un cielo que se había engalanado con estrellas fugaces y un lindero de la selva repleto de luciérnagas verdosas, una de esas imágenes que a uno le quedan grabadas profundamente, una de las que recuerda cuando llega su hora o cuando añora lo más preciado de la vida. Nadie habló sobre el sonido lánguido de una melodía que, aunque se repetía mil veces, lo hacía sin aburrir, siempre fresca y nostálgica. Colocaron el cuerpo del anciano sobre una pira a la que prendieron fuego y, simplemente, los bajau esperaron a que las llamas consumieran el cuerpo y a que el alma del viejo, del amigo, del padre, subiera al cielo en forma de pavesas brillantes y juguetonas. Por la mañana, cuando regresábamos al lepa, me miró muy serio y me dijo:

      - Bajau sólo venir a tierra a despedir amigos que marchan. A tierra, sólo se va para morir. Si me llevas allí, es que deseas que muera.

No contesté pero supe al instante qué era lo que debía hacer con una claridad meridiana.

Una semana después me encontraba esperando en el puerto a que un vapor del gobierno me recogiera para devolverme a la civilización. Saludé al funcionario Paot que me preguntó cómo había ido todo después de tantos meses. Su rostro mostraba una cólera contenida. Que no le caía bien era más que evidente.

      - No muy bien, no muy bien- contesté evitando la conversación. Menos aún le hice participe de mi plan.

      - Al final, ya lo verá usted, habrá que mandar a las patrulleras. Sólo estamos perdiendo el tiempo con esta gente. La civilización es demasiado compasiva, señor mío y los políticos no hacen sino ralentizar el mundo – razonó en voz alta.

A final de mes llegué a Kuala Lumpur. La suite del hotel Hilton, con todo su lujo y espacio, me resultó incómoda y desabrida. Me faltaban el sonido de las olas, la brisa del océano, el aroma salitroso del viento, la risa de Garano y el sueva mecer del lepa-lepa. Pedí que me subieran un poco de cena y dediqué la noche a preparar las cartas. La primera al Viceministro filipino disculpando a mi empresa porque, indiqué, tras haber realizado un nuevo estudio de rentabilidad atendiendo a la posible reducción de los viajes turísticos por el recrudecimiento de las acciones norteamericanas en la costa asiática y viendo que no resultaba sencillo desalojar a los bajau de buenas maneras, el proyecto se retrasaba unos años. Agradecía todas las atenciones y facilidades recibidas y les invitaba a nuestra sede central en Londres para futuras relaciones. La segunda era una nota de prensa que debí redactar varias veces para que resultara perfecta. Tenía intención de enviarla por télex antes de que amaneciera a tres o cuatro conocidos en los principales diarios de la city. Me debían un par de favores y tal como había redactado el comunicado, pensarían que era una buena noticia, de esas que mejoran la imagen de Gran Bretaña. No me equivoqué y la reseña tuvo amplia repercusión.

“Progressive Resorts Inc.”, la empresa británica que es líder mundial en el diseño y explotación de parques de recreo y entretenimiento ha decidido cancelar sus planes de establecer un nuevo centro turístico en el mar de las Célebes a fin de preservar el hábitat y la forma de vida de uno de los grupos étnicos más curiosos del sudeste asiático, los bajau. Con esta decisión, “Progressive Resorts Inc” muestra una vez más sus valores humanos, ecológicos y sociales que han hecho de ella no sólo un referente en los negocios sino en el compromiso con el entorno, con las personas a las que sirve y las mejores virtudes británicas. Proseguía con detalles sobre el área que supuestamente la compañía estaba salvando, una glosa de los gitanos del mar y un recuerdo emotivo sobre el papel civilizador que Inglaterra había jugado siempre en el continente asiático.

Estaba precisamente leyendo la noticia en The Times cuando recibí la llamada telefónica de los abogados de mi empresa. Me conminaban a regresar inmediatamente y a evitar cualquier encuentro con la prensa bajo amenaza de denunciarme. Fui consciente de mi situación comprometida pero me encontré sonriendo frente al espejo cuando me afeitaba antes de partir hacia el aeropuerto.

Epílogo



Mientras esperaba frente al despacho del director, sabiendo que iba a ser despedido, recordé lo que Garano me había dicho:

      - A tierra, sólo se va para morir. Si me llevas allí, es que deseas que muera.

Era una de aquellas frases que aquel hombre soltaba de pronto y que uno guardaba en el corazón como si fuese una verdad evidente que debía haberse vislumbrado mucho antes en la vida.

La reunión con el señor Herschell, vicepresidente ejecutivo, fue breve pero tensa.

      - Nos ha defraudado, Mitchell. Nunca lo hubiéramos esperado de usted. Dé gracias a Dios de que únicamente le despidamos porque, si por mí hubiera sido, le hubiese denunciado por fraude y suplantación. Su estupidez nos ha costado millones de libras. Ocho meses, por Dios. ¿Qué demonios ha hecho en ocho meses? Nosotros le pagamos, no esos navegantes pazguatos. Un licenciado en Saint Andrews como usted manipulado por gitanos. ¡Válgame el cielo! Y lo peor ha sido ese comunicado de prensa. Reconozco que estamos atrapados en su celada. Si no decimos nada, aceptamos la situación. Si lo desmentimos, se nos echan encima esa chusma de hippies, ecologistas y pacifistas. Hagamos lo que hagamos con el maldito comunicado la empresa tiene unos problemas que no quiere tener. Lo dicho, yo haría que usted se pudriese en la cárcel pero el Consejo no desea este tipo de publicidad y, en cualquier caso, ya hemos encontrado otro lugar propicio en Ceilán. ¡Esto se sabe, Mitchell, esto se sabe, y dudo mucho que pueda volver a trabajar en esta industria nunca más! No quiero volver a verle jamás.

No contesté. No merecía la pena. En el fondo, si yo hubiese estado al otro lado de la mesa habría actuado de igual manera. Tomé mi gabán y bajé a la calle. Llovía y la tarde estaba repleta de salpicones y bocinas de taxis apresurados, todos ocupados. Los neones de Pickerton Street titilaban luminiscentes y el pavés de la calle brillaba como un espejo. Un mar de paraguas cubría las aceras y una brisa fría y tristona mecía los robles del parque. Tenía el tiempo justo para pasar por casa, tomar la maleta que ya había dejado preparada y llegar al aeropuerto para embarcar en el vuelo a Sandakan, previa escala en Kuala Lumpur. Lo estaba deseando, lo había decidido. Después de vivir en el mar, el clima sucio y helado de Londres me desesperaba.

La silueta de Maotán se recortaba contra la calima tenue que levantaba un sol brillante. La lancha que me acercaba a los arrecifes redujo la velocidad y el patrón me hizo señas indicándome que no se atrevía a acercarse más, so pena de encallar. No importaba. Le entregué las libras pactadas por el viaje y salté al mar que me cubrió hasta casi la cintura. No estaba solo. A unas cincuenta yardas, un lepa-lepa se acercaba lentamente. Sobre él reconocí cuatro figuras que me saludaban con afecto.

Por la noche, una Vía Láctea inmensa serpenteaba sobre el océano negro. Estábamos sentados a estribor, bebiendo un licor fuerte y áspero, cuando Garano me miró con ojos agradecidos. Yo le devolví la mirada con la misma gratitud en los míos. Ambos sabíamos que sólo era cuestión de tiempo, que Paot acabaría desalojando las costas, que el dinero compraría voluntades, que yo debería volver a Inglaterra y buscar un trabajo en pocas semanas. Lo sabíamos, pero todo eso no iba a suceder aquella noche, había tiempo todavía. No hablamos. El rumor manso de la corriente marina era suficiente.

Félix Remírez
2014
Biblumliteraria