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30 de octubre de 1578



Estamos ya navegando por el río Ulúa. Yunuen es un magnífico remero y avanzamos mucho más rápido que cuando llegue a Honduras hace ya tantas semanas. La corriente nos ayuda y alargamos las jornadas lo más que podemos. Yo le ayudo a remar y le sustituyo cada cierto tiempo aunque mi bogar es mucho más lento y torpe que el suyo. Atziri tampoco descansa, atenta siempre a las señales de las riberas, a los pájaros que vuelan cuando no deben hacerlo, a los sonidos que sólo ella sabe descifrar, a las sombras que se dibujan sobre los árboles.

Cada vez veo más cerca la salvación, el poder regresar a casa.

Sé que será por poco tiempo. Me han de ver regresar con gentes de bien. Me deleitaré tanto cuando los Berrozar me vean, cuando Álvarez o Martijo me vean acercarme a ellos. Habrán de pensar que soy un fantasma que el infierno devuelve para llevárselos con él. Y no les faltará razón.