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30 de septiembre de 1578



La vista desde lo alto del Celaque es impresionante. Pudiera decirse que es posible ver gran parte del virreinato. Mirando al norte no consigo ver el océano Atlántico pero observando hacia el sur sí que puede adivinarse entre la bruma el gran mar pacífico. Estoy extasiado, en verdad paréceseme que estoy en medio del paraíso.

La subida ha sido ardua y fatigosa. Aunque ya llevamos pocos enseres con nosotros, el camino era escarpado y difícil en algunos tramos, de fuerte pendiente y con una pedrera desprendida que dificultaba el caminar. Por fortuna no hay barro y espero que tampoco lo haya a mi regreso pero en tiempos de lluvias las vías de acceso deben estar impracticables.

He podido divisar a lo lejos la gran mina de Sensenti y, hacia el oeste, se llega a vislumbrar Ocotepeque. No precisamos ir tan lejos. Corpus Christi está unas dos leguas antes que Sensenti. Toda la zona es minera y aunque todavía no he visto plata, veo que las formaciones de rocas se parecen a las que existen en otros lugares donde abunda.

He distinguido cálcides y brozaduras de buen apaño. Han construido una villa a una legua de la mina en donde se asientan los comerciantes y los artesanos, así como los españoles que llegan por vez primera sin oficio ni idea de qué hacer. Se distinguen parte de sus casas a lo lejos y no parece pequeña especialmente si tenemos en cuenta que vive de y por para Corpus Christi. He oído que es allá también donde se subastan los esclavos negros que traen de África y donde se da la misa cada domingo.

Sólo queda descender la ladera oeste de esta montaña para encontrar mi destino.