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28 de septiembre de 1578



Por fin, llegamos hoy a Gracias. Han sido días de mucho cansancio, en los que hemos alargado las jornadas y hemos madrugado para apurar las horas de sol. Lo que más me ha sorprendido es que apenas hemos encontrado poblados ni mucho menos viajeros que se crucen con nosotros. Parece una zona poco habitada, como si toda la población se concentrara estrechamente en torno a Gracias.

Gracias se extiende al este del poblado original que el señor Montejo fundó en Opoa, hace ya treinta y cuatro años. Poncho me ha contado, mientras caminábamos, cómo esta ciudad es importante tanto por los indios como para los europeos porque fue en toda esta región donde el caudillo Lempira, al mando de los lencas, se rebeló contra los españoles. . La lucha fue particularmente feroz y el cacique mostró un genio militar que sorprendió a mis compatriotas. Atrincherado en los montes y atacando por sorpresa y en pequeñas acciones, supo mantener la lucha con sus toscas armas. Costó muchas vidas el doblegarle pero por fin la fuerza de nuestros arcabuces y la inteligencia de nuestros comandantes lo consiguieron. La ciudad fue reconstruida y es un símbolo para ambos, para la victoria de unos y la resistencia heroica de los otros. Lo he sentido, lo he percibido en mis acompañantes, cómo sus ojos se iluminaban a medida que nos acercábamos y cómo me miraban como si yo mismo hubiera participado en la guerra de hace tres décadas.

Hasta ahora, todos los indígenas me han parecido tranquilos y amigables pero algo hay en su mirada que me dice que el resentimiento anida profundamente en su alma. No me es extraño. Si lo que me contó Ramírez es cierto y en las minas ha habido reciente represión, no me extrañaría encontrarme con indios hostiles a mi presencia, incluso si jamás me han visto con anterioridad.

La ciudad es hermosa y nada parecida a los poblados que hemos cruzado en nuestro viaje. Gracias se asemeja a una de nuestras ciudades en España, su iglesia es grande y lujosa consagrada a San Marcos, su plaza está porticada y cubierta de losas bien labradas, se extiende hasta la ladera del imponente Celaque y sus casas están cuidadas. No es de extrañar ya que durante algún tiempo fue sede de la Audiencia de los Confines hasta que intrigas palaciegas lograron que el poder se trasladara a Guatemala. Un fuerte, en el que varias culebrinas de dieciocho libras se asoman sobre los merlones, protege la ciudad de un potencial ataque. Nos hemos hospedado en una casa del barrio que llaman de Bilutacá y hemos sido servidos con abundante comida. Lo mejor, es que hemos podido lavarnos y adecentarnos en el patio trasero a donde han traído unas albercas de madera llenas de agua templada. Poncho me ha conminado a no alejarme de las calles pues, me ha dicho, abunda el el yaguareté, esa fiera peligrosa. Es una lástima porque la montaña es hermosa y se me ha explicado que vierten en ella más de diez ríos y que abundan las cascadas y la flora es exuberante, digno escenario para caminar hasta la noche.

Mañana partimos. Ya estoy cerca de mi destino. Más, aún es preciso cruzar la montaña.