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25 de octubre de 1578, por la mañana



Logré convencerles de regresar a Corpus Christi. Lo hemos hecho por senderos que sólo ellos conocen, muy lejos de los que siguen los españoles. Han sido dos días de duro caminar pero en todo momento me he sentido seguro bajo la protección de estos adolescentes por edad pero magníficos adalides por conocimientos y actitud. Durante el trayecto me han ido contando parte de su vida, de sus sueños o, mejor dicho, de sus sueños rotos cuando la avaricia se adueñó de estas tierras. Son esposo y esposa. Sus padres murieron a manos de las huestes de Sucumba y sólo su arrojo evitó que fueran esclavizados por el cacique. Se confirma lo que me contó Mazatl en el presidio. Pensaba que aquel desgraciado exageraba pero lo que me cuentan Atziri y Yunuen ratifica los hechos. Como ocurre en Europa, como ha ocurrido siempre, todos los poderosos, estén en el bando que estén, en realidad se ayudan y protegen entre sí. Luchan sin luchar, mandando a sus respectivos inocentes a que se masacren por ellos. Luego, cuando la carnicería ha terminado, se reúnen y continúan sus relaciones comerciales. Nunca pagan un precio porque este siempre lo pagan los desgraciados bajo su mando o su bota.

Aquí estamos, escondidos entre los arbustos, a media legua de la mina, esperando que llegue Yop. Atziri asegura que siempre se reúnen en este lugar del bosque. Seré yo el que me acerque hasta que pueda escucharles para comprobar que todas mis intuiciones son reales. Dos eran los hechos que debía comprobar. El primero ya lo he hecho. Esta noche he examinado las cajas sin que me vieran y he entrado en las artesas de amalgama. Ahora sé por qué hay en esa mina condenada tanta cantidad de mercurio. Lo segundo habré de comprobarlo cuando lleguen todos ellos a este lugar sin que tengan idea de que les escuchamos.