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21 de octubre de 1578, al atardecer



Definitivamente, Dios está de mi parte. Quiero creer que también está de parte de la justicia y que me protege para que esta pueda llevarse a término cuando informe al monarca.

Han sido casi dos días en que he creído morir en cualquier momento. En cada sonido, en cada vibración de la maleza, en cada silencio inusual, porque no hay nada más inusual que el silencio en el bosque, he imaginado un yaguareté al acecho, un sirviente de Berrozar dispuesto a ensartarme en su espada, una muerte horrible.

Y, sin embargo, Dios me ha ayudado otra vez. Aquí estoy, alimentado y acompañado por Atziri y Yunuen, mi salvación. Pertenezco a esa raza que les ha traído tantas calamidades, a esos hombres que acuerdan terribles pactos con sus enemigos y podrían haber seguido su camino sin siquiera mirarme, mucho menos auxiliarme. Pero aquí estoy junto a ellos, protegido por su conocimiento de las tierras de esta difícil Honduras. Quizá el que ellos también estén huyendo les ha hecho apiadarse de mí. O quizá intuyan que yo les puedo brindar esa justicia que les ha abandonado.

Me miran extrañados mientras escribo. Y yo debo forzarme a recordar.

Ayer, tras amanecer y recobrar algo de mi sentido y de mi valor, me decidí a regresar a Corpus Christi o a Gracias, sabiendo que podía morir igualmente al llegar allá, bien por otro preparado ataque de fieras o, simplemente, ensartado por una espada. Más pocas opciones tenía que no fuese la de meterme aún más en la boca del lobo. A tantas leguas de la costa y sin conocimiento del terreno y de los caminos, mi única posibilidad era encontrar Gracias o la mina. Orientándome por el sol, caminé sin comida y sin agua ya que todo líquido hallé en mi vagar parecía putrefacta y no osé tomarla.

Caí dormido por agotamiento, no sé a qué hora, sin importarme ya las alimañas o mi suerte, tan más allá de mis fuerzas me encontraba. Me dormí pensando que ya no abriría más los ojos.

Sin embargo, esta mañana logré despertar aunque con gran malestar, mi piel llena de picaduras de mosquitos, mi pie hinchado por una herida que no recuerdo cuándo me la hice, mi cabeza abotargada y mi lengua hinchada por la sed. No sé de dónde he sacado fuerzas durante horas para seguir caminando, siempre al oeste, confiando en divisar Gracias o, si me la habría pasado en mi errar, la mina de Corpus Christi. No recuerdo cuándo pero en algún momento debí caer desmayado.

Al despertarme, hace unas cuatro o cinco horas, lo primero que vi fue la cara de Atziri. Es una india hermosa, joven, la calculo no más de dieciséis años, pero ya hembra formada. Le acompaña su hombre, Yunuen, que será un poco mayor que ella y que me mira con cierto recelo. Son hábiles con las flechas y cazaron unas aves para la cena de un modo que me causó admiración. Atziri habla mi idioma, algo rudimentariamente pero suficiente para poder entendernos sin dificultad. No es muy parlanchina, apenas me ha dirigido la palabra excepto para preguntarme si ya me encuentro mejor y para incitarme a comer y beber. Entre ellos, tampoco hablan mucho. He decidido que debo confiar en ellos. Si hubieran querido matarme, ya lo habrían hecho. Si fuesen sicarios de Berrozar o del gobernador, hace tiempo que tendría una flecha clavada en el corazón.