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20 de octubre de 1578, al amanecer



Ha sido una noche horrible y todavía no sé cómo estoy vivo. He vagado durante horas por esta selva, asustado con cada ruido, con cada rugido, con cada movimiento de las hojas y cada siseo de los reptiles. Sólo ahora, cuando ya el sol está saliendo y la luz aclara tanto el campo como mi cabeza, cuando ya no puedo asustarme más porque he pasado todo el miedo que alguien puede soportar, he sido capaz de sentarme y tomar mi diario para escribir con cercanía lo que ha ocurrido esta pasada noche. Aunque, pensándolo bien, no sé ya para qué lo hago porque dudo que logre llegar nuevamente a algún lugar seguro antes de que alguna fiera me devore o algún alacrán me envenene.

Debo forzarme a recordar. Debo escribir lo que he pasado durante esta noche…Comenzaré a escribir que es la mejor forma de recordar…

Tras terminar lo que quedaba en el plato de la cena, me levanté y me alejé unas cuantas yardas, hasta quedar solo, recostado contra el grueso tronco de un árbol que ni reconocía ni sabía nombrar. No tenía ganas de dormir. La señora Villanueva se acostó en su tienda y los indios y sirvientes se acomodaron en sus mantas junto al fuego. Pronto, todo el campamento dormía menos yo. Esa inquietud que sentía en mi ánimo, en mi estómago, no se había esfumado con el alimento tomado. Algo estaba rondándome muy dentro de mi cerebro pero sólo el espíritu sabría por qué, porque por muchas vueltas que yo estaba dando a los hechos que conocía y a las hipótesis que imaginaba, no encontraba nada más allá del habitual esclavismo ilegal, lo que ha venido sucediendo desde que el almirante Colón descubriera estas tierras.

El cielo ha estado esta noche repleto de estrellas, muchas más de las que nunca vi antes, bien sea en España o en cualquier otra parte, incluso cuando atravesé la mar océana. Recostado contra el árbol, me preguntaba si los míos, mi hermano Esteban y mi tía Sabina, mis buenos amigos Jonás y Francisco estarían viendo estos mismos luceros. Quizá haya un flujo invisible que une las almas a través de estas luces titilantes, quién sabe.

Ha sido entonces, en ese momento, casi media noche, cuando yo estaba abobado mirando el firmamento, cuando ha acaecido todo, cuando se ha iniciado esta desgracia en la que estoy inmerso.

Escuché gritos en el campamento, a mis espaldas, un vocerío que no logré comprender hasta que me di la vuelta. Tres yaguaretés, esa especie de gatos grandes y temibles que no existen en las Europas, nos estaban acechando. Los indios corrían de aquí para allá y habían tomado teas prendidas con las que azuzaban a las fieras. Los animales, siempre amenazantes y rugiendo, se fueron apartando de ellos y me los encontré de frente, viniendo hacia mí. El miedo me pudo aunque tampoco podía hacer otra cosa. Estaba lejos del fuego para tomar una tea. Salí corriendo y logré encaramarme a un árbol sin conseguir ver a los yaguaretés, aunque podía escucharles. Pensaba que los indios me ayudarían, que la señora Villanueva daría instrucciones para rescatarme, para alejar a las fieras. Vano pensamiento. Desde lo alto de las ramas, se me hizo la luz. Los indios no estaban ahuyentando a los felinos sino dirigiéndolos hacia mí. He escuchado a Poncho discutir con los otros indios. Les daba instrucciones para que me buscaran, para que incitaran a las bestias a buscarme. Cuando se han alejado hacia el norte he creído que ya estaba a salvo. Nueva vana impresión porque, casi en el mismo instante, he sentido la amenazante presencia de uno de los yaguaretés rondando el árbol y dispuesto a encaramarse a él. He saltado hacia el otro lado, sabiendo que ese animal es más rápido y ágil que yo en las alturas y he echado a correr. La bestia me ha olfateado y se ha lanzado tras de mí. Sólo quedaban unos metros para que se me abalanzara, para devorarme, cuando algo la ha detenido. Ha emitido un sonido quejoso y furioso, me ha mirado con esas pupilas rojas que brillan en la oscuridad como si las alumbrara el mismo diablo, se ha dado media vuelta y ha huido. He comprendido que le habían lanzado un dardo o una flecha o algo que le ha herido. Así pues, alguien me ha ayudado pero no he visto a nadie y desde luego no puedo creer que los esbirros de Berrozar o la propia señora lo hayan hecho.

El resto de la noche ha sido un continuo temor, un escalofrío profundo que no se me va. Dios ha debido apiadarse de mí y mis ruegos a San Prudencio habrán ayudado. El caso es que nada más ha ocurrido. No sé dónde me encuentro. La Berrozar y su séquito han de estar ya lejos y, en cualquier caso, no me gustaría volver a encontrármelos ahora que sé que me quieren muerto, devorado por las fieras. ¿Cuánto puedo sobrevivir solo? No lo sé, quizá un día, un par a lo mucho.

Si un milagro hace que salga de esta, soy consciente de que ya debo ser un huésped muy molesto para alguien. Habré de andar con mucho tiento, si logro llegar de nuevo a Corpus Christi.