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19 de octubre de 1578, justo tras ponerse el sol



Estamos de regreso. Acabamos de detenernos para pernoctar en un campamento de fortuna entre Comayagua y Gracias, de modo similar al como lo hicimos a la venida.

He averiguado muchas cosas de mis conversaciones, tanto con el páter como con el gobernador y el indio Mazatl. Sé ahora con certeza que Berrozar esclaviza a los indígenas, algo que siempre sospeché a tenor de las marcas de latigazos en las espaldas de esos infelices. Pero esta es una compostura que, aunque indigna y ajena a las leyes de nuestro monarca, no pasa de ser la más habitual en estas agrestes tierras olvidadas por nuestro Señor.

Que Berrozar y su hijo necesiten tanta mano de obra y la hagan trabajar de tal forma implica que se trabaja duro en la mina y que, sin pagarles ni cubrir los gastos a que el encomendero se obliga por ley, sus beneficios serán algo mayores que lo que declaran. También es claro para mí, tras conocer todas estas cosas, que el páter- amén de su idealismo poco racional- ha sido veraz al relatar los disturbios que relató a Gonzalo Ramírez pero ha aprovechado el asunto para promover sus propios intereses. Así pues, podría ya decir que mi misión está realizada y que podría transmitir a palacio que, como sucede en otras muchas encomiendas, Berrozar usa a los indios como esclavos y se queda con los dineros que debería dedicar a su protección, pago y mantenimiento.

Podría, sí, pero sospecho que esto no es todo. Mi estómago está intranquilo y eso siempre es señal de que hay algo que se me escapa. Es una sensación que siempre me acosa cuando tengo dudas, cuando algo parece no encajar con precisión. Será un gaje de mi profesión en la que siempre buscamos el cálculo más exacto. Es como si una voz interna me dijera que todo lo que he hallado y lo que he deducido no es cierto o, al menos, no es todo lo cierto.

Cenaré ahora. Puede ser que tan sólo se trate de hambre y que por ello mis tripas estén tan movidas.