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19 de septiembre de 1578



Hemos llegado a Copante con un día de retraso sobre las previsiones que había hecho Poncho y ello por culpa de mi escasa experiencia al caminar y mis delicados pies que se llenaron de heridas al poco de comenzar la marcha. Los indios me emplastaron las llagas con un ungüento que no sé de qué está hecho ni he querido preguntar. Ha sido casi milagroso porque en muy poco tiempo han cicatrizado y me siento cómodo andando por estas tierras.

Tomo notas de todo lo que veo aunque sé que no es a esto a lo que he venido. El Rey no me ha enviado a Honduras para cartografiar los parajes o escribir una crónica del viaje que para ambos menesteres ya tiene Su Majestad oficiales expertísimos en dichas tareas. No obstante, la curiosidad me vence y no puede contenerme de apuntar todo aquello que llama mi atención que es mucho.

He tenido tiempo para pensar en el encargo que se me ha encomendado. Sigo inquieto. Aunque vengo de incógnito y ni en Poncho ni en nada veo sospecha alguna (más bien, me consideran un pobre diablo que está deseando regresar a la península), estoy seguro que alguien habrá en Corpus Christi con la suficiente perspicacia como para indagar sobre mi persona, máxime si es que, como sospecha el Príncipe, ocurre algo turbio.

De momento no he visto rocas que merezcan mi atención ni he detectado minerales de interés, mucho menos plata u oro. Los indígenas que me acompañan parecen no tener interés alguno en estos metales.