cabecera


16 de octubre de 1578, poco después del mediodía



Cuando me he acercado al presidio me han entrado arcadas que he retenido con dificultad. El hedor es insoportable y me pregunto cómo hombres de carne y hueso pueden resistir y aguantar su vida entre esas paredes. Es más, me pregunto cómo otros hombres pueden obligar a hermanos en Dios a sufrir tales padecimientos.

Mazatl está en un precario estado físico. La bebida en el inmundo calabozo escasea y la comida sería basura en Sevilla. Su piel se ha agrietado y se flacidez es alarmante. Sin embargo, su ánimo permanece intacto y a través de su mirada puede distinguirse el odio que le sostiene. Bien es sabido que la rabia y la venganza hacen soportar a los hombres los mayores agravios y este indio es prueba viviente de tal hecho. Me he sorprendido de lo bien que habla el idioma de Castilla que, al parecer, aprendió ya desde niño en una misión cercana a su poblado que más tarde sería arrasada en una de las muchas rebeliones que estos indígenas han hecho contra nosotros.

El testimonio de Mazatl explica muchas cosas. ¿Será verdad todo lo que dice? Si es así, me estoy acercando a las puertas de un infierno que, aunque sospechaba que existía, no creía que lo hiciera con tanto horror.