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15 de octubre de 1578, ocho y diez de la mañana



El gobernador en funciones me ha hecho entrar a su despacho puntualmente. Es una cámara bellamente decorada, con pañoles que cuelgan en las paredes, hermosamente tejidos y mostrando escudos de su hidalguía. Sobre una mesa sólida había una cubertería completa de plata.

El sustituto provisional del gobernador es un pez con muchas escamas. Luego, cuando regrese a mi aposento, escribiré con más detalle todo lo que recuerdo de la conversación. Ha sido una especie de duelo de sanguijuelas intentando chupar información del otro. Yo sabía que él mentía y él sabía que yo lo hacía pero ambos nos hemos mostrado amables y, dentro de nuestro mutuo recelo, mantenido las formas más cortesanas.

Lo que más importante me resulta es que he logrado mi propósito, cual es hablar con el indio encarcelado.

Ahora me toca encontrar al páter Abásolo y tener una larga conversación con él. Me han dicho que está en la iglesia de Santa Ana y allí voy a dirigirme en cuanto cierre este diario.