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15 de septiembre de 1578



Me imaginaba Tehuma más pequeño pero lo cierto es que habrá más de trescientas casas y me han asegurado que hay más de dos mil habitantes. Las calles son ruidosas y abigarradas. Españoles, mestizos, indios y algún que otro africano deambulan de aquí para allá. Las frondas de la selva están cerca y el pueblo vive mirando al río y a lo que viene y va por él.

Mientras mis acompañantes se dedican a aprovisionarse de bastimentos y agua, yo me he dedicado a pasear y tomar apuntes sobre lo que veo. Quizá, a mi regreso a España, tenga tiempo para escribir memorias sobre todo lo que existe en estos territorios de allende del océano.

No partiremos hasta mañana y es ahora cuando comienza lo más difícil del viaje. A partir de ahora, no podemos continuar navegando por el río ni serán los indios los que hagan el esfuerzo físico de remar. Por el contrario, nos esperan veinticinco leguas hasta Gracias a través de terrenos poco explorados, con el siempre riesgo latente de encontrarse con nativos belicosos o enfrentarse a fieras y serpientes de las que nada conozco. Seremos trece, los diez indígenas, Poncho, el soldado y yo mismo. Cargaremos con nuestra propia impedimenta y, si bien es cierto que serán ellos los que porten los bultos pesados y los barriles de agua, yo habré de llevar no menos de cuarenta libras a mis espaldas.