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14 de octubre de 1578, a media tarde



Quizá haya sido por nuestra ansia de salir de estos bosques o por los continuos sonidos amenazantes que escuchamos provenir de los árboles, el caso es que hemos acelerado nuestro caminar y hemos forzado a las monturas, así que para media tarde, unas cuantas horas antes de lo previsto ya estábamos entrando en Comayagua. El viaje ha sido hoy tranquilo y si no hubiera sido por nuestra inquietud y la eterna tortura a la que nos someten los insectos, incluso agradable porque la temperatura ha calmado su ímpetu y una brisa suave nos ha acompañado durante todo el día.

Nos hemos hospedado en casa del Gobernador donde nos ha recibido Mena, lo cual resulta perfecto para mis motivaciones. Doña María Asunción parece conocerle a tenor del recibimiento que le ha ofrecido. Me ha presentado a él y he preferido dejar para mañana mi interés en conversar con su excelencia. La casa es enorme para lo que es habitual en estas tierras y está construida con maestría y buen acabado. Al menos he contado una treintena de sirvientes indios y una decena de esclavos negros. Han llevado los caballos a los establos y nos han gratificado con un baño de agua tibia y esencias de flores que ha resultado una delicia. Con desgana he salido de la tina cuando la hora de la cena se acercaba. Yo me he mostrado prudente y apenas he interrumpido la charla que se traían la Berrozar y el sustituto del gobernador. Han hablado sobre todo de conocidos comunes en la Corte y en la Audiencia de Guatemala. Sólo al final, armándome de valor, he preguntado al gobernador si podría dedicarme unos minutos a primera hora de la mañana ya que – he mentido- tengo un encargo que darle de parte del Príncipe de Éboli. Al escuchar el nombre, su rostro ha cambiado y de un manifiesto desinterés ha pasado a mostrarse afectadamente amable para conmigo. Me recibirá mañana a las ocho en su despacho. Estoy demasiado cansado para pensar estrategia alguna, he de confiar en que me ayuden mi suerte y la providencia.