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13 de octubre de 1578, al atardecer



Poncho nos ha indicado que debemos detenernos. Ha sido un día pesado y agobiante. Ha hecho calor durante toda la jornada y las mulas están exhaustas. Hemos prendido un fuego y los sirvientes han preparado algo de carne con frutas. Hemos comido en silencio, tan agotados estábamos. Sólo nos han acompañado los miles de extraños sonidos que esta selva acoge por la noche. Algunos pocos los reconozco pero la mayoría de tales ruidos me son desconocidos y algunos, he de reconocerlo, me hielan la sangre. Los indios que nos acompañan, sin embargo, permanecen tranquilos y apenas se inmutan cuando escuchan aullidos o rugidos o cascabeleos de los reptiles que se arrastran entre la maleza. Pienso que nadie sospecha nada de mi verdadera misión porque, de otro modo, sería asaz sencillo darme muerte en estas tan recónditas y salvajes selvas.