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13 de septiembre de 1578



Los indios reman tranquilos. Quizá avanzamos poco más de una milla por hora y navegamos durante unas diez horas diarias. Luego, nos acercamos a la orilla y sujetamos la barcaza a algún tronco. Me dicen que no existe peligro pero cada noche me despierto inquieto con cada ruido, con cada graznido, con cada sonido que yo creo proveniente de una fiera peligrosa. Oscurece pronto en estas latitudes, el atardecer es rápido como si la noche se desparramara sin contención por la selva. Encendemos hogueras y cenamos algo de carne asada con maíz y queso. Yo duermo en el cobertizo de la barca.

Llevo dos mapas conmigo que me regaló mi buen amigo Juan antes de partir. Uno, que ya está guardado en mi bolsa, no me es de utilidad ahora mismo porque relata los ríos que a la costa norte afluyen y yo ando dirigiéndome al sur. El otro me indica las poblaciones y accidentes más notables que he de hallar en este viaje y, al menos, sírveme para tener una vaga noción de dónde me encuentro en este orbe que tan de pronto se ha hecho enorme. No se trata de una carta detallada ni puede serlo porque aunque hace ya casi un siglo que llegamos a estas tierras, es un territorio tan enorme, inhóspito e inexplorado que los mapas carecen de detalle y las distancias sólo pueden considerarse aproximadas. Al ritmo de navegación al que progresamos, habremos de llegar mañana o pasado mañana a Tehuma. Poncho me ha dicho que nos detendremos toda la jornada a comprar víveres y rellenar los toneles con agua fresca. Yo hubiera preferido proseguir viaje cuanto antes pero mi instinto me dice que es mejor callar y dejar que me guíen.

Después, tendremos otro día más de navegación por el río hasta que ya no podremos seguir por él. Comenzará, entonces, el largo camino por tierra, cargando con nuestras pertenencias porque no tenemos animales de carga.