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11 de octubre de 1578



Hoy he tenido un desagradable encuentro con Gerónimo Berrozar. Estaba yo en la mina fingiendo que analizaba la calidad de la plata pero atento a todo lo que a mi alrededor ocurría, cuando se me ha acercado el hijo del encomendero.

- Sois un hombre curioso- me ha dicho, muy serio y con los ojos escudriñándome.

- No entiendo a qué os referís- le he contestado procurando tomar una actitud humilde, la que se supone que tiene un simple químico.

- ¡No me mintáis!- me ha gritado de pronto.



He callado para no envalentonarle más pero él ha proseguido, muy alterado.

- No sois quién para emborrachar a mi capataz o mis ayudantes.

- ¿Yo?

- Si, vos. Estoy informado. No quiero que tratéis con nadie de esta encomienda, ¿Lo entendéis con claridad? Hemos de aguantaros porque el Rey os ha enviado pero haced estrictamente la misión que él os ha encomendado, estudiar la plata y cartografiar las menas, nada más. No quiero que sembréis la semilla de las rencillas y la ira entre mi gente. Menos todavía la de la envidia. Sólo nos faltaría tener ahora problemas con ellos, que el capataz dimitiera con lo difícil que es encontrar otro en estos lares o que los indios dejaran de trabajar. Si así ocurriera por vuestra culpa, os aseguro que moveré cielo y tierra para que, a vuestro regreso, seáis preso por traición.

- No es como decís- he contestado con aplomo- pero os aseguro que no tengo intención alguna de alterar a vuestros hombres. Intenté sólo ser cortés. Sólo fue un poco de vino español y nunca, os lo juro, les forcé a tomarlo.

- Sois hábil, Díez. No sé qué tramáis pero andaros con cuidado. Yo no soy como mi padre, cándido e inconsciente. Tenedlo en cuenta. Haced vuestro trabajo y marchad cuando antes.

- No dudéis que estoy deseando regresar a España. Para mí esta tarea es tan ingrata como para vos.

- No juguéis conmigo, no juguéis conmigo.



He pasado el resto del día intranquilo, temeroso de lo que este hombre pueda tramar. No sé todavía ni qué busco y ya siento que estoy en peligro.