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11 de septiembre de 1578



Poncho, que así se llama el criado que me guía, me ha dicho que necesitaremos una semana de viaje hasta llegar al distrito de Ocotepeque.

La barcaza, de unos treinta pies de largo, se desliza lentamente por el Ulúa. Es una suerte que este río sea navegable para embarcaciones de poco fondo porque fluye directamente hacia el sur, de modo que alivia y acorta sobremanera el viaje hasta la mina. Aunque ahora mismo las aguas discurren tranquilas, Poncho me ha asegurado que puede ser peligroso cuando arrecian las lluvias y el cauce se desborda sin contención a lo largo de muchas leguas y en una anchura que alcanza a poblados lejanos. Los indios tienen siempre sus enseres dispuestos para alejarse de las orillas cuando llegan los tifones.

Delante, en la proa, van los indígenas que reman. Con una rodilla en el suelo mueven las palas lateralmente al unísono mientras y, de tanto en cuanto, emiten sonidos que me parecen ser para darse ánimo a ellos mismos. Son ocho, cuatro en cada borda, siendo brazos suficientes para vencer el impulso contrario de la corriente. Detrás de los remeros, la barcaza dispone de una mesa enclavada en la solera de la embarcación en donde comemos y más atrás, unos cobertores en donde dormimos y reposamos Poncho, yo mismo, sus dos sirvientes y un soldado armado que el señor Berriozar ha tenido a bien hacer que nos acompañe por seguridad.

El ancho del río abarca trescientos pies y ambas riberas se encuentran pobladas de árboles cerrados que se asemejan a nuestros cedros. Vi también hormigos e higuerones. Algunos surgen de pronto del medio del agua y parece como si hace lustros el río hubiera devorado sus entrañas. Con todo, la vista es amplia y no tengo sensación de peligro. Las orillas quedan lo suficientemente lejanas para no temer un ataque por sorpresa amén de que, según me aseguraron en Madrid, tampoco quedan ya tribus dispuestas a guerrearnos desde que el caudillo Lempira fuera vencido. Además, el río discurre con bastante rectitud, hacia el sur y los meandros se toman media milla para virar, de modo que no existen recodos que puedan convertirse en una trampa.

No paro de sudar y la humedad me abruma. Oscilo entre el asombro y el miedo, entre la curiosidad por todo lo nuevo que veo y el anhelo de regresar a mi hogar, entre la admiración por la naturaleza salvaje que me rodea y las ganas de retornar a la rutina cómoda de España.

Por encima de nuestras cabezas siempre vuelan pájaros que me resultan extraños y de los que desconozco sus nombres. La atmósfera, el aire, el agua, están llenos de sonidos. No hay silencio siquiera en la noche.