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10 de octubre de 1578



He utilizado hoy la misma estrategia con el indio Martijo que con Ávila anteayer, lo que me ha costado otra garrafa de excelente caldo. He aprovechado que el capataz ha estado ausente desde el mediodía haciendo algún encargo que el hijo de Berrozar le ha encomendado.

Aún estoy conmocionado por lo que me ha contado una vez que ha dado cuenta del alcohol. Había escuchado contar historias terribles del trato a los indios pero pensaba que todo ello ya había quedado atrás una vez promulgadas las leyes nuevas. Me parece que una cosa es dictar leyes y otra muy distinta hacerlas cumplir a cuatro mil millas de distancia. Menos podía sospechar la entente entre indios y criollos en gran parte del territorio. Nadie hay que pueda tirar la primera piedra, al parecer.

No puedo afirmar que tales desmanes se den también en Corpus Christi. Hasta ahora el trato que observo es severo pero en ningún caso esclavista. O todo sea que me engañan porque lo cierto es que, aunque no observo el uso del látigo excepto en muy contadas ocasiones, los indios presentan cicatrices en su cuerpo. Otro enigma a los muchos que estoy acumulando. Cada día que pasa me parece que estoy inmerso en una obra de teatro, de esas que escriben en los corrales de Madrid, en la que todo lo que parece real no lo es y todo lo que parece imaginario es veraz.

Habré de escribir más tarde mi conversación con Martijo si es que el pulso no me tiembla. También habré de tener cuidado con él. No sé cuánto recordará de lo que me ha contado una vez que se le aclare la mente pero, si recuerda mucho, estoy seguro que le interesará silenciarme. Si Berrozar o el alguacil Pinzón supieran de esto, este hombre debería ser puesto en grilletes junto a los secuaces del cacique Sucumba. Sucumba. Suena amenazador.