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10 de septiembre de 1578



Tras avistar la costa en Gracias a Dios dos días antes, el Inmaculada costeó hacia el oeste teniendo siempre a la vista la tierra hondureña. Los vigías mantuviéronse en alerta continua pues temían encallar en bajíos que no aparecían en los mapas. Las aguas, que parecían someras, eran verdosas, llenas de plantas y algas, a ratos cubiertas por una especie de espuma vegetal. Por fin, arribamos a Puerto Caballos, nuestro destino.

La inquietud que me había mantenido nervioso durante toda la travesía se esfumó, al menos por algún tiempo, al llegar a puerto Caballos. Es una bahía magnífica, amplia, abrigada del mar y de los vendavales por una ladera a sotavento que lo resguarda del océano y a sólo unas horas del río Ulúa. Atracamos al poco de cruzar la barra, en la ribera sur. Los muelles estaban abarrotados. Junto a ellos se apiñaban casonas y establecimientos, en una pequeña ciudad de fortuna que nadie nombraba con un nombre. Cientos de personas se amontonaban en la ladera empedrada, los unos buscando subir a bordo de alguna carabela, otros llegando de algún viaje, muchos deambulando por las tabernas y los lupanares que llenan la localidad. Era media mañana cuando lanzaron dos amarras a los bolardos, cerca de un gran galeón artillado. A su lado, nuestra nave parecía una miniatura. Supuse que este poderoso barco repleto de cañones servía para escoltar a los navíos que habrán de llevar la plata a España.

El capitán Garcés vino a despedirse personalmente, lo que agradecí de todo corazón. Me deseó suerte a la vez que palmeaba mi hombro. Dos marineros dejaron mis enseres en el muelle y quedé esperando que vinieran a recogerme. Si las noticias que me había dado Ramírez no eran falsas, mandarían un carro por mí. Me senté sobre uno de los baúles, me sequé el sudor de la frente y calé el sombrero mientras perdía el tiempo observando un mundo tan nuevo para mí como si me hubiesen transportado al primigenio paraíso creado por nuestro Señor.

Al final del malecón, habían colocado numerosos puestos en los que vendían comida, especialmente frutas, algunas de las cuales me resultaban desconocidas, pero también platillos con una especie de estofado de carne que los vendedores calentaban en una hoguera pequeña que ardía en el centro. Aquellos frutos parecían pintados en toda la gama posible de colores. No conocía sus nombres y sólo unas semanas más tarde comencé a reconocerlos y a poder nombrarlos: marañones, jícamas, guayabas, matasanos…. Se me antojaba que las Europas eran el lugar más gris creado por Nuestro Señor Dios y que este había derrochado su talento de artista en este nuevo mundo que ahora descubría.

La algarabía de lenguas era inmensa y, aunque reconocía el castellano, no pude entender a muchos de los que por allá caminaban o charlaban. Supuse que se trataba de los idiomas propios del lugar o, en el caso de los esclavos negros, sus lenguas originales africanas.

Las vestimentas eran tan coloridas que pareciese que estuviésemos en fiestas mayores. He de mejor decir que eran brillantes los atavíos de algunos,los que a todas luces eran criollos, españoles o indios con fortuna, porque muchos otros portaban tan sólo un taparrabos o permanecían desnudos por completo. Varios monjes caminaban entre la multitud y, de tanto en cuanto, se detenían para exhortar al rezo.

En los barcos amarrados en el puerto, por el contrario, la actividad era escasa. Sabría mucho después que el arribo o la salida de los buques se daba al amanecer o al atardecer, aprovechando las mareas que venían a cuadrar con la puesta y salida del sol. Mientras, durante las horas de más calor, los marineros se perdían por las callejas de la población, daban libertad a sus ansias de mujer y saciaban su sed de vino hasta que les tocaba regresar a los navíos.

El calor me pareció sofocante. Quizá la temperatura no fuera muy elevada pero la humedad era agobiante. Mi camisola se empapó de sudor al poco de llegar a pesar de permanecer sentado sin hacer nada más que esperar.

Por fin, escuché mi nombre. Alcé la mirada y vi que se trataba de un chico joven, de unos veinte años, de tez morena y expresión sincera. Resultó ser un criado de Gerónimo Berrozar, el hijo del patriarca de la familia, que, habiendo sido informado desde España de mi venida, mandaba a recogerme.

Dos indígenas que acompañaban al criado cargaron todas mis pertenencias en el carromato y un chasquido de la fusta nos hizo poner en movimiento. Nos dirigimos al este, hacia el río.