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8 de octubre de 1578



Volví a conversar hoy con el capataz. Esta vez fui pertrechado y llevé conmigo una garrafa de buen vino de las que había traído de España. Fernando Ávila es desconfiado y retorcido pero no se diferencia de cualquier otro hombre cuando el vino le calienta las carnes. Al principio, se ha mostrado receloso, ha declinado el beber conmigo y yo me he hecho el indiferente. A mediodía, cuando el sol más calentaba, me he sentado cerca de él, he sacado unas frutas que había traído como almuerzo y he dado dos buenos tragos de vino. De reojo, he visto que me miraba, que me envidiaba. Le he hecho desear la botella durante un rato. Luego, le he ofrecido beber conmigo y ha aceptado. Se ha sentado junto a mí, ha dejado su sombrero a un lado, y de buen grado ha echado un trago. Luego dos y, pronto, ha acabado con toda la botella. Es entonces cuando se ha tornado más locuaz.

Más tarde, como cada noche, escribiré mis memorias sobre la charla pero ahora quiero señalar, antes de que se me olvide, que este tipo es fiel a Berrozar porque este le paga bien pero no lo suficientemente bien como para que Ávila cumpla su deseo de regresar a Europa como un gran señor. Se las ha dado de hombre culto e inteligente, que sabe hacer buenos negocios, que sabe ganarse voluntades. No me ha dicho qué tipo de negocios pero si sus intenciones de volver a España en pocos meses más son verídicas, significa que ya ha acaudalado la fortuna con la que sueña. Y, aquí, en estos campos perdidos del planeta, la única manera de amasar una fortuna es hacer tratos con Berrozar. O traicionarle en favor de algún otro tan poderoso con él.