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7 de octubre de 1578



Lo que ayer deduje de mi conversación con el alguacil Pinzón no ha hecho sino reafirmarme de que nada está claro. Para ser sincero conmigo mismo, desconfío de todos. Sé que los Berrozar mienten en algo, pero aún no sé en qué. Aunque el primer día me causaron la más honesta impresión, el paso de las jornadas me ha hecho verles de manera diferente. Intuyo que el alguacil miente asimismo, pero tampoco sé en qué. Lo del páter parece también una exageración pero no sé por qué lo hace. Que el capataz Ávila oculta algo es más evidente pero no tengo remota idea de si esto es algo que atañe a los Berrozar o se trata de algún asunto que le beneficia a él en solitario. Parece ser esta una tierra de sentimientos intensos y reacciones viscerales. Quizá cada uno de estos hombres tiene un crimen a su espalda o una intención oculta que sólo a él le incumbe y que nada tiene que ver con lo que hasta aquí me ha traído.

Tengo que ir a Comayagua. Por un lado, para entrevistarme con Martín de Abásolo. Por otro para buscar a un hombre, un indio cuyo nombre se le escapó al alguacil Pinzón. Noté enseguida que se arrepintió de haberlo pronunciado, de haberme dicho que estaba preso en las mazmorras del palacio del gobernador. Alguien importante debe ser porque, de no serlo, no se hubiera puesto pálido y no hubiera cambiado de tema abruptamente. Al cabo, que un indio, o un criollo o un español estén presos en los calabozos no es nada inusual, sobre todo en estas salvajes tierras. Pero noté que ese indio, Mazatl dijo que se llamaba, sabe algo que nadie quiera que yo sepa, que entienden que no me incumbe.