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4 de noviembre de 1578, al amanecer



Me he despedido de ellos con lágrimas. Sólo con su ayuda he podido llegar hasta puerto Caballos de nuevo, sano y salvo. Sólo con ellos he podido acumular datos suficientes para poder hacer, durante el tornaviaje, el escrito que ha de informar a García Ramírez y, a su través, al Rey nuestro señor, qué está ocurriendo en Corpus Christi. Estoy convencido de que similares hechos estarán acaeciendo en el resto de las Honduras y, a buen seguro, en todo el Virreinato, incluso en el sur, en el Perú. La serpiente de la corrupción y el demonio de la codicia ya se han infiltrado y será tan difícil de erradicar como la peste. Tales tareas corresponden al gobierno y poco podré yo hacer más allá de relatar los hechos con veracidad y honestidad.

Sin embargo, he jurado volver. Y no es para frenar la avaricia ni devolver los caudales de plata a España que, al cabo sea, me da lo mismo que los dineros estén en unas manos u en otras porque siempre lo tienen los mismos. Pero sí he de regresar para vengar a mis amigos y hacer la pequeña justicia que yo puedo llevar acabo. Para ver a Van Haygten en presidio si es que lo atrapamos antes de que huya a Flandes; para ver cómo ajustician a los dos Berrozar por tanto sufrimiento que han causado; para lograr que el gobernador regrese a España cargado de cadenas y arrasar a Sicumba y sus hordas. A ello voy a dedicar mis horas hasta que la justicia sea restablecida, hasta que Yunuen y Atziri recuperen lo que nunca debieron perder.