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4 de octubre de 1578



Definitivamente, el páter Martín no está en la mina, así que no me queda más remedio que ir hasta Comayagua, aunque todavía no sé qué excusa puedo poner para hacerlo sin despertar sospechas.

Hoy, he regresado a las minas y me he presentado al capataz, Fernando Ávila. De la conversación he podido saber que este hombre, enjuto y feo a rabiar, soltero según me ha dicho él mismo, y de poco más de treinta años, nació en Guadalajara y su estirpe es baja, algo que nunca ha aceptado. Es un hombre instruido si cabe decirlo así, porque los benedictinos le enseñaron a leer, a escribir y conoce la aritmética suficiente como para llevar cuentas y calcular concentraciones de amalgama. Berrozar parece confiar plenamente en él. Es receloso. Por mucho que he intentado ser simpático y ganármelo, no he logrado que me cuente apenas nada.

De lo que estoy seguro es que es un hombre que adora el dinero y que ha venido a América para conseguir oro y regresar después a su tierra con trajes de buen paño, buscar una joven casadera y medrar en la Corte. Es ambicioso, de eso no cabe duda. En su trabajo, sólo habla con Martijo que hace de segundo y es el que transmite las órdenes a los indios en su propio idioma. Ávila sólo conoce cuatro palabras y deben ser todas ellas improperios o imperativos por la forma agria y feroz con que las grita. Los indios le tienen miedo, de eso tampoco me cabe duda. He escuchado una palabra, un nombre quizá. “Yop”. No sé si es una cosa o una persona pero lo he apuntado. Quizá sea una pista de interés.