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3 de octubre de 1578



Me he despertado bien avanzado el día. El contacto con una mullida cama y suaves sábanas de lino han hecho que el sueño me pudiera y que todo el cansancio acumulado durante semanas se haya liberado esta noche.

He abierto los ojos sobresaltado pero pronto me he serenado porque, en verdad, poco importa comenzar unas horas más o menos tarde. La tarea que tengo por delante es complicada y la hace aún más difícil el hecho de que no sepa ni por dónde comenzar. Las gentes que conocí durante la jornada de ayer son algo pedantes, con esos dejes y maneras tan extravagantes que tienen los ricos nuevos, pero son amables y no parecen sospechosos de tropelía alguna.

Para ganar tiempo, le he dicho a doña María Asunción, en un momento en que me he cruzado con ella, que me tomaré un par de días de descanso antes de iniciar mi trabajo. Ella se ha mostrado complacida y me ha insistido en que baje hasta el río para ver las numerosas aves que viven en sus orillas, algo, según me ha afirmado, digno del paraíso terrenal.

Antes de dormir ayer noche, había escrito algunas notas sobre lo escuchado y sobre mis impresiones sobre los paisajes que colman mis ojos. Las he releído y comprobado que no encuentro nada extraño en todo ello.

Tras un desayuno opíparo que he disfrutado sentado en una mesa que un criado indio me había dispuesto bajo un gran magnolio, acompañado por el trino de barranqueros y deleitándome con el paisaje, me he dirigido caminando hacia la mina. Lo he hecho distraídamente, simulando que simplemente estaba aburrido y que caminaba sin intención alguna, deambulando por aquí y por allá. Nada más lejos de la realidad, claro está. He observado con la máxima atención el trabajo y el movimiento de los mineros, el proceso. Me ha quedado claro como el día que amalgaman el metal y, a tenor de los sacos de azogue que he visto apilados en el almacén, la producción debe ser muy numerosa. Me pregunto qué influencias tendrá Berrozar en España para que el Rey le envíe tanto mercurio desde Almadén. Este metal, aparte de ser costoso, está muy controlado y es el monarca el que tiene el usufructo y el control del que se produce en la península, enviando sólo cantidades precisas y justificadas a cada mina. Todo sea dicho, es una manera de controlar a los dueños de las minas. Sabiendo cuándo mercurio se envía se sabe, implícitamente, cuánta plata pueden extraer del mineral. Intuyo que algo no encaja en Corpus Christi. Si Gonzalo Ramírez no me ha mentido- y no tiene por qué hacerlo- la cantidad de plata producida es cada vez más escasa. Y, sin embargo, mi apreciación inicial es que aquí almacenan mercurio para producir mucha y gran cantidad de metal. Quizá esté equivocado, no obstante. He asumido que todos los sacos y las cajas están llenos de mercurio pero puede ser que no sea así. He de mirarlo con atención.

Los indios trabajan duro aunque no he observado mal trato. Hay un indio que vigila constantemente, me han dicho que le llaman Martijo, y que tiene una docena de vigilantes que caminan de aquí para allá. Estos portan látigos pero en todo el tiempo que he estado en la mina, no lo han usado. Sin embargo, sin embargo, … he notado en la distancia que muchos de los indios que estaban subiendo por las rampas, cargando los sacos, tenían la espalda marcada, con cicatrices incluso profundas. No lo sé, he estado demasiado lejos de ellos pero he tenido la desagradable sensación de que todos actúan de diferente manera cuando estoy delante, eso que disimulo y finjo que no me fijo en nada que no sea el cuerpo de alguna mujer bonita. Dejo estas notas que estudiaré más tarde. Pienso echarme una buena siesta y luego, siguiendo los consejos de la dueña, visitar esas paradisiacas riberas de las que me ha hablado.