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Atardecer del 2 de octubre de 1578



Un enorme sol bermellón caía hacia el horizonte. Un poco de calima pintaba retazos sobre él difuminando la atmósfera. Algunas aves que volaban a sus retiros se recortaban – silueteadas en un negro intenso- contra la estrella de la vida.

La casa de Berrozar era elegante y contrastaba con el resto de habitáculos y chozas que se asentaban más allá. Era de mampostería y el techado estaba bien trabajado. Las habitaciones eran amplias y estaban bien amuebladas, con piezas que a buen seguro el encomendero se había hecho traer de España. La cama de mi habitación era cómoda y la lencería que la cubría estaba tejida en México.

La cena iba a ser en el jardín que se extendía a la entrada, mirando al poniente. Habían alumbrado antorchas alrededor y una suave brisa había enfriado la tarde lo suficiente como para que resultara una agradable velada. En un extremo, asaban un cordero. En la mesa, ya desde hacía rato, estaban servidos numerosos entrantes, casi todos conteniendo frutas de diversos colores y huevos que no me parecían de gallina.

Un hombre joven, alto, de modales refinados, se acercó a nosotros.

- Dejad que os presente- Álvaro Berrozar me tomó por el codo- , este es mi hijo Gerónimo.
- A su servicio, señor- hice un gesto de respeto.
- Juan Díez si no me equivoco-él respondió con una reverencia algo exagerada.
- Sí, al servicio de nuestro buen rey Felipe y de vuecencias.
- Me ha dicho Poncho que el viaje transcurrió sin contratiempos.
- Sí, así es. Sus hombres son excelentes guías y servidores.
- Luego habéis de contarnos qué os trae por estas tierras- Gerónimo se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa- pero antes creo que necesitamos que nos sirvan algo de vino.
- Hace mucho tiempo que no lo pruebo- contesté, deseando probarlo.


Un sirviente llegó con una jarra y nos sirvió.

- Por el rey- Álvaro levantó la copa y todos respondimos.
Acababa de sorber un buen trago cuando quedé sorprendido. En la puerta se hallaba un hermosa mujer que nos miraba sonriente.

- Mi esposa- dijo Berrozar-, mi esposa María Asunción.


Quizá fuera por los meses que llevaba ya sin conocer mujer o quizá porque en verdad era bella, el caso es que me azoré como un chiquillo y apenas correspondí con rubor besando la mano de la dama con torpeza.

- Sed bienvenido, señor Díez. Estoy segura que sea cual sea el trabajo que os ha traído hasta este confín del mundo, al menos debéis admirar la exuberancia de esta tierra y acumular vivencias que podáis contar a vuestro regreso. ¿Estáis casado?- preguntó, mirándome fijamente.
- No, señora. Lo estuve pero murió al poco de casarnos. Fiebres. Hace ya tanto… - contesté.
- Lo siento mucho – ella se puso seria.
- Bien, acaso entonces habré de presentaros a alguna nativa de estas tribus que, creedme, las hay muy bellas – río el patriarca sin atender a la presencia de su mujer.


No he de negar que la cena fue agradable, la comida abundante y el vino exquisito. La conversación fue interesante pero nos cuidamos todos de tratar cualquier asunto que pudiera resultar espinoso. No charlamos ni de la mina ni de la situación del Virreinato, ni del gobernador ni de las revueltas de los indios. Tan sólo sobre las modas en la península, los últimos cotilleos de la princesa de Éboli que, aunque afectaban directamente al rey, eran tan conocidos que ya resultaban intrascendentes y de la guerra en Flandes, asunto sobre el que todos estábamos de acuerdo en que era preciso aplastar a los calvinistas. María Asunción Villanueva de Berrozar resultó una exquisita anfitriona, mucho más agradable en la conversación que los Berrozar, padre e hijo.

Aquella cena me hizo creer que quizá el páter Martín de Abásolo comenzaba a padecer de demencia senil, atacado por esa inevitable decrepitud que a todos nos llega si no morimos antes en una batalla o de triste accidente. Desde mi llegada no había visto nada extraño en los alrededores, la mina parecía funcionar y aquella familia, si bien algo pedante, no resultaba en nada sospechosa.

Para cuando terminó la velada ya había decidido que mis pesquisas deberían comenzar preguntando al páter. Lo que no sabía era cómo hacerlo sin despertar sospecha, sobre todo si este se encontraba en Valladolid de Comayagua a tantas leguas de la mina.