cabecera


Mañana del 2 de octubre de 1578



- ¿Así que vos sois Juan Díez?

El que preguntaba era Álvaro Berrozar, el encomendero de la mina. Le he calculado unos cuarenta y cinco o cincuenta años. Hombre de cara rugosa, ojos vivos y barba descuidada. No le falta pelo y este pinta a medias entre castaño y cano. No debe privarse del buen comer, porque su cintura es gruesa, ni del buen beber a tenor de lo sonrosado de su rostro. Viste sin mucho lujo y su castellano está salpicado de palabras nativas. No se anda por las ramas y toda la tarde le ha costado mantener la atención en la conversación, atento siempre a lo que sus indios hacían. Recuerdo la conversación que hemos mantenido hace unas horas e intentaré plasmarla fielmente.

- Así es, señor. Es un honor conoceros – mentí.
- Me llegaron noticias de vuestra venida. Algo sobre un estudio del Rey, nuestro Señor que el cielo proteja, quiere hacer sobre sus minas, ¿no es así?
- Un simple catálogo – volví a mentir-. Después de visitar los establecimientos de las Honduras, habré de dirigirme a los grandes ríos del sur.
- Ya veo, ya veo. Veréis enseguida que es esta una hacienda pequeña. Encontraréis mucho más interesante para vuestro estudio la del Sensenti, apenas dos leguas de camino desde acá.
- Sí, así me lo han dicho. – asentí.
- ¿Habéis tenido un buen viaje, señor Díez? – me preguntó, cambiando el tema.
- Sí, los acompañantes que habéis tenido a bien enviarme han sido de mucha ayuda y verdaderamente amigables.
- Son caminos peligrosos, esta es una tierra difícil, indómita, Díez, que requiere fuerza, entrega y pasión. Hay que domeñarla, forzarla, domarla…. – se detuvo unos instantes mientras miraba alrededor- … lo mismo que a estos indios del demonio que, si uno se descuida por un instante, se rebelan.
- Me temo que estaré muy poco tiempo. Un mes como máximo- manifesté.
- Como vos deseéis, siempre será un placer teneros en mi encomienda- ahora, mintió él.
- Os quedaría muy agradecido si pudierais indicarme dónde he de alojarme.
- ¡Ah!, cierto, cierto, amigo mío. Lo haréis en mi casa, tenemos habitaciones de sobra. Poncho ha de serviros durante toda la estancia. Es un buen criado, fiel y servicial.
- Lo sé. Me ha ayudado prontamente desde que salimos de Puerto Caballos.
- Sea. Os dejo descansar. ¿Cenaremos juntos, no es así? – preguntó dejando entender que no era una pregunta.
- Será un placer, señor Berrozar.